Aprender a valorar

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Cuanto más viejo me hago, más claro lo veo: la clave para ser feliz es aprender a valorar lo que tenemos y lo que somos. Así de simple. No hablo de conformarse, ni de renunciar a mejorar. Hablo de una actitud ante la vida que nos lleve a dejar de proyectar la felicidad en el futuro y mirar a nuestro alrededor.

Supeditar nuestro bienestar a un futuro idealizado nos impide ver que hoy es aquel mañana con que tanto soñábamos, que no deberíamos esperar a perderlo para darnos cuenta de que es muy grande tener salud, trabajo o una persona que se preocupe por nosotros.

Siempre que veo a alguien durmiendo en la calle pienso que podría ser yo, que bastaría con que este barco de la vida hubiese chocado en determinada roca para verme en sus circunstancias. Decir esto no es descubrir nada, pero es tan evidente que cuesta entender por qué no invertimos un minuto cada día en agradecer a la vida lo que tenemos, en vez de cegarnos en la falsa necesidad de poseer un móvil nuevo, un coche nuevo, una vida nueva… Si no sabes valorar lo mucho que tienes ¿crees que vas a aprender a hacerlo por el hecho de poseer cosas diferentes?

Cuando era poco más que un adolescente leí una frase que me acompaña desde entonces y espero no olvidar jamás:

“Un hombre solo posee aquello que no puede perder en un naufragio”

Demoledoramente simple

¿Imaginas qué te quedaría al despertar en esa playa ?

 

Antonio

La vendedora de naranjas

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Alguien dijo que las aventuras realmente grandes son aquellas que mejoran el alma de quien las vive. En ese sentido siempre he pensado que lo verdaderamente importante de viajar es el contacto con la gente, el descubrir otras formas de vivir, de ser, de sentir…

Ese Estúpido hombre blanco del que hablaba Michael Moore está muy arraigado en nuestra conciencia occidental, y a veces paseamos por el mundo mirando a los demás por encima del hombro, como si nuestra vida fuese la correcta y el resto tan solo un “quiero y no puedo”. Despreciamos la sabiduría ancestral de pueblos infinitamente más civilizados que nosotros donde un anciano no es un estorbo, sino un sabio curtido en mil batallas de la vida; donde la madre tierra no es algo que esquilmar, sino una parte fundamental de su condición.

Viajar sin entender eso y sin contagiarse de la esencia humana es como sentarse a ver la televisión, y acaba siendo la línea que separa al turista del viajero.

Hace un par de décadas yo era un estúpido hombre blanco de viaje por Guatemala. De camino al Lago de Atitlán viví la experiencia de conocer el famoso Mercado indígena de Sololá, una auténtica explosión de color y actividad sin parangón en el continente americano. Como si de un hormiguero humano se tratase, las calles estaban abarrotadas de telas, frutas y especias. Las voces de las vendedoras se mezclaban con el sonido de gallinas y patos, y era tal la mezcolanza de colores y olores que de alguna manera llegaba a aturdir. Toda mi preocupación era no perder a mis amigos Santi y David, que cada poco desaparecían de mi vista engullidos por el gentío.

Al llegar a una zona más despejada algo nos llamó la atención. Desde el suelo nos dedicaron la sonrisa más bonita que había contemplado nunca. Era una anciana menuda, de piel curtida y vestida de mil colores. Sobre la cabeza llevaba un paño doblado a modo de sombrero. Con los ojos entornados por el sol se dirigió a nosotros:

  • ¿Naranjas señor?

Su acento quiché era tal que le costaba hablar castellano, y su sonrisa era una mezcla a partes iguales de dientes dorados, blancos y ausentes. Sentada frente a un cesto de paja, su única mercancía consistía en apenas dos docenas de naranjas

  • ¿A cuánto las vende, señora?
  • A medio Quetzal

Desprendía tal simpatía que no lo dudamos. Quisimos tener un gesto con ella.

  • De acuerdo señora, le compramos todas

De pronto intuimos que algo iba mal. Su amplia sonrisa se apagó como si hubiese sido ofendida en lo más profundo de sus creencias. En un tono muy diferente replicó:

  • No, no va a ser

Por un instante nos miramos confundidos. Nos habíamos ofrecido a comprar toda su mercancía y pagar por ella, sin duda no nos había entendido, pensamos.

  • Pero señora, le estamos diciendo que queremos todas las naranjas. Así podrá venderlo todo. ¿No le parece bien?

No podía imaginar que su respuesta me haría reflexionar durante semanas, porque aunque simple, encerraba una filosofía de vida y una forma de ser que me llevó mucho tiempo comprender. De alguna manera sacudió mi mente occidental mostrándome la gran diferencia entre nuestros mundos.

En un gesto serio y con mucha dignidad nos dijo:

  • Si les vendo todo a ustedes… ¿qué voy a hacer el resto del día?

 

Antonio

Imagen tomada de: http://culturaslenguasyliteraturasdeal.blogspot.com.es/

El viaje que cambió mi vida

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Este año celebro un aniversario muy especial: el del viaje que cambió mi vida.

Decía Gardel que veinte años no es nada, pero reconozco que me aturde un poco este Tempus Fugit que me remonta a una etapa tan próxima y a la vez tan lejana. Sucedió en 1996. Yo era un tipo gris, alguien que había renunciado a sus sueños por una vida segura y monótona. Una mezcla entre el día de la marmota y un largo domingo por la tarde. Quedaba poco de aquel niño que pasaba tardes imaginando aventuras en selvas y desiertos, proyectando viajes al estilo de su admirado Miguel de la Cuadra Salcedo. Todo se desvanecía con el paso del tiempo.

No estaba contento con mi vida, así que tras un tiempo de reflexión decidí dar un salto mortal y abrirle la jaula a mi corazón, como dijo el gran Sabina. Renuncie a un trabajo fijo, me despedí de familiares y amigos y tomé la decisión de marcharme a recorrer América en bicicleta.

El primer paso fue lo más difícil de aquel viaje, intentar que mi entorno comprendiese esa necesidad de abandonarlo todo para perseguir un sueño. Trataron por todos los medios de convencerme, pero una extraña determinación hizo que no me echase atrás, así que después de los preparativos, una fría mañana me vi en Madrid esperando un avión hacia el otro lado del mundo.

Aquel viaje, que a la postre me llevaría a recorrer 16 países durante casi un año, comenzó en compañía de dos buenos amigos: Santi y David. La idea era partir desde México e ir bajando por el continente sin rumbo fijo, a la aventura y sin más intención que vivir plenamente la experiencia. El punto de partida fue la península del Yucatán; allí dimos nuestra primera y simbólica pedaleada. Las altas temperaturas hicieron duro el comienzo, y la sierra de Chiapas pronto puso a prueba nuestra condición física. Teníamos que madrugar mucho, parar varias horas a medio día y continuar bien entrada la tarde. Para pasar noche recurríamos a los lugares más variopintos: iglesias, comisarías, cárceles, parques de bomberos… y si todo fallaba usábamos nuestra tienda de campaña.

Centroamérica

Un mes después llegamos a Centroamérica y pisamos por fin Guatemala. No sospechábamos entonces que aquel país cambiaría por completo nuestra aventura, y en cierto modo, también nuestras vidas. Al llegar al impresionante lago de Atitlán, Santi sufrió una caída que le ocasionó una lesión en el tobillo. Días más tarde lo despedíamos en el aeropuerto de Ciudad de Guatemala, desde donde regresó a España poniendo punto final a su aventura. Para entonces el tercero en discordia, David, llevaba tiempo insistiendo en dejar la bicicleta y continuar el viaje de forma menos sacrificada. Al quedarnos solos lo hablamos y no llegamos a un acuerdo, así que desde aquél momento decidí continuar en solitario.

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No hará falta explicar que el viaje se tornó muy diferente. A partir de entonces tendría que cuidar de mi propia seguridad, decidir el itinerario, buscar refugio para pasar noche y hacer frente a los problemas completamente solo. La idea me excitaba y me preocupaba al mismo tiempo. No ayudó demasiado que el siguiente país fuese El Salvador, donde todas las precauciones eran pocas. Allí tuve que aprender a moverme solo y buscarme la vida en más de un apuro. Más tarde llegó Honduras, donde decidí subir hasta la increíble costa caribeña. En Nicaragua, tierra de lagos y volcanes, tuve la desagradable experiencia de vivir un tifón que me obligó a tirarme al suelo agarrado a la bicicleta mientras era golpeado por ramas y piedras. Más tarde hubo graves inundaciones que me tuvieron parado varios días en un pequeño pueblo, durmiendo, literalmente, entre gallinas y ratones. Finalmente decidí atravesar una zona inundada con el agua hasta la cintura, gracias a lo cual conseguí reanudar el viaje.

Después de lo visto, Costa Rica me pareció un país europeo. En Panamá viví la experiencia de negociar con gente de mal vivir que me facilitaron un barco hasta la guajira venezolana, pero horas antes de salir hubo una matanza de campesinos y decidí in extremis cambiar el plan y dirigirme a Colombia. Siempre me he preguntado qué hubiese pasado de no haberlo hecho, ya que en los días siguientes ocurrieron cosas terribles en aquella zona.

Sudamérica

Y así llegué a Sudamérica. Colombia, único país que ya conocía, me entusiasmó por sus paisajes y su gente. En una ocasión me detuvo una patrulla de la guerrilla entre Medellín y Cali, me pidieron la documentación y charlamos un buen rato, tratándome con un respeto exquisito. Tiempo después leí que en esa zona habían comenzado a secuestrar extranjeros, lo cual me hizo reflexionar sobre el papel del azar en esta vida.

Ecuador me resultó un tanto extraño. La gente era más desconfiada que en Colombia, y a pesar de que Quito me encantó, me vi obligado a descender de altitud por las bajas temperaturas nocturnas. Allí bajé el puerto de montaña más largo de mi vida en dirección a Guayaquil, hasta llegar al nivel del mar.

Perú me pareció un país apasionante, a pesar de que sus 3.000 kilómetros de costa con viento de cara son la pesadilla de cualquier ciclista. En el desierto de la Sechura soplaba tan fuerte que no podía avanzar más de 40 kilómetros diarios, con un esfuerzo físico que acabó pasándome factura. Por contra, las noches en aquel desierto bajo la Cruz del Sur formarán parte para siempre de mi catálogo personal de lugares especiales. Al llegar a Trujillo conocí a otros tres cicloturistas que estaban recorriendo Sudamérica, y durante un par de semanas viví la experiencia de volver a viajar acompañado.

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Tras visitar el norte de Chile decidí retroceder para entrar en Bolivia por Arica y subir en autobús hasta La Paz. La experiencia peruana me había dejado tan exhausto que no me veía con fuerzas para abordar esa gran subida. Tardé en recuperarme, así que aparqué la bici y aproveché unos días para hacer turismo por el altiplano andino: Titicaca, Cuzco, Salar de Uyuni… finalmente retomé la marcha hacia el este para llegar hasta Santa Cruz de la Sierra.

Allí cometí el mayor error de mi viaje, que fue cruzar desde Bolivia a Paraguay atravesando la selva del Chaco. A pesar de llevar un buen mapa, pronto descubrí que la zona estaba mal cartografiada. Mi búsqueda de la vía principal (La Ruta Transchaco) me llevó por caminos embarrados y mal definidos que con frecuencia se ramificaban, sin que tuviese más guía que mi propia intuición para decidir hacia dónde tirar. Los días pasaban sin otra compañía que los animales salvajes que por las noches merodeaban mi tienda, y que por cierto, me dieron más de un sobresalto. Finalmente encontré un grupo de cazadores Menonitas (que parecían salidos de una película del oeste) y me indicaron el camino correcto.  Otra odisea fue llegar a Asunción, la capital de Paraguay, y convencer al funcionario de que había entrado al país atravesando la selva con una bicicleta. Me quedará siempre la duda de por qué accedió a sellarme el pasaporte, cuando era evidente que no creía ni una sola palabra de lo que le estaba contando. Por si acaso, abandoné el edificio como alma que lleva el diablo.

Por la célebre y peligrosa triple frontera entré en Brasil, donde visité las cataratas del Iguazú. En Rio Grande do Sul tuve un grave percance con dos policías corruptos que intentaron extorsionarme. Acabé escapando de ellos mientras disparaban al aire con sus pistolas para que me detuviese, algo que hubiese sido un error fatal. Tuve que pasar un día entero escondido entre la vegetación junto a una pequeña carretera, mientras veía pasar patrullas policiales que me buscaban. Ya de madrugada salí de aquella zona pedaleando en la más completa oscuridad, y en cuanto pude pasé a Argentina. En la tierra prometida bajé por la provincia de Corrientes hasta llegar a Uruguay. Montevideo me pareció tranquilo y fascinante, y allí puse en orden mis ideas sobre un viaje que estaba tocando a su fin.

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Tras atravesar el Río de la Plata llegué a Buenos Aires, donde nada más llegar sufrí un robo. Así, sin dinero para buscar alojamiento y mi bicicleta desmontada dentro de una caja, me dispuse a pasar noche en una parada de autobús. La suerte quiso que una buena señora me preguntase qué hacía allí. Debí conmoverle, porque una hora más tarde y ya de noche apareció en un coche conducido por su hijo. Me alojaron en su casa, donde estuve varios días hasta regularizar mi situación. Una mañana me presenté en la Plaza de Mayo como quien acude a una extraña cita, y allí me dije a mi mismo que el viaje había terminado. Es difícil de explicar, pero sentí algo parecido a la satisfacción de un trabajo bien hecho, la tranquilidad de haber cumplido el trato y poder regresar a casa.

Resulta complicado resumir un viaje tan largo, pero sobre todo, es imposible transmitir de qué forma te cala el alma una experiencia tan llena de gentes, paisajes y situaciones de todo tipo, en una soledad sobrevenida que fue lo mejor que pudo pasarme. Años más tarde, ya digerida la experiencia, he entendido que aquel viaje tuvo más de búsqueda interior que de cualquier otra cosa.

Algunas noches aún sueño que pedaleo sin prisa entre lagos y volcanes, y aunque la nostalgia me devore al despertar, me quedará por siempre la satisfacción de haber hecho un viaje que realmente cambió mi vida.

© Antonio Arroyo

La felicidad

La felicidad

Alguien dijo una vez que como un hombre piensa así es su vida, y es que el mundo en que vivimos es, a fin de cuentas, como nosotros lo interpretemos. Por eso ante las mismas circunstancias, unos se derrumban y otros salen fortalecidos.

Da pena ver la cantidad de tiempo que gastamos en excusas, pretendiendo que las cosas cambien a nuestro favor, imaginando el futuro y viviendo en diferido… ignorando lo bueno y tan atentos a lo malo.

Tal vez no podamos cambiar las circunstancias, pero sí nuestra reacción hacia ellas. No hay por qué ser como esa hoja que arrastra el viento, que cayendo en la hierba se sentirá dichosa y si cae en un charco maldecirá su suerte. Definitivamente tenemos la capacidad de mejorar nuestra vida a través del pensamiento: valorando lo que tenemos, buscando la belleza de las cosas y esforzándonos en ver el lado bueno.

Si en un saquito metes rosas olerá bien. Si metes basura ya sabes cómo olerá. Eso ocurre con nuestro cerebro y los pensamientos positivos o negativos. Buenos pensamientos y buenas acciones te convertirán en una persona feliz.

Disfrutemos del enorme placer de estar vivos.

Antonio

El elogio

El elogio

No me siento bien cuando me elogian, lo cual es irónico porque ¿qué otra cosa buscamos, sino el elogio constante de los demás? Sin embargo me violenta.

Me pregunto si de alguna manera no es una forma de control. Al ser objeto de elogio uno se coloca en posición de cumplir la expectativa de los demás, de no poder rebajar el listón que otros te han colocado.

La respuesta al elogio también es complicada. Los cánones de humildad requieren que uno no muestre signo de merecerlo, así que cae con facilidad en la falsa modestia, que no es otra cosa que la presunción vestida de pobre. Siendo así, personalmente opto por el agradecimiento y la fuga apresurada, lo cual no evita esa sensación de incomodidad.

Alguien dijo que de la crítica puedes defenderte, pero ante el elogio estás indefenso. Yo añadiría que el aplauso ajeno nunca es gratuito. Cuidado con él.

Antonio

A Joaquín Sabina

Querido Maestro

En esta maldita España que muere y bosteza, hace falta que alguien desaparezca para llorarle y reconocer su valía.  El día que tu voz se apague (sea dentro de muchos años) aquellos que te critican por tu afición a los toros, o por la ceja, o por la madre que los parió, se darán cuenta de quién eres. Se forrarán las discográficas con tus recopilaciones, la gente comprará tus libros de poemas y hasta pondrán tu nombre en alguna calle. Yo, que moriré sin conocerte pero te conozco, quiero gritar hoy lo grande que eres. ¡Quiero decir a los cuatro vientos que viva la madre que te parió! y que aún vivo y coleando, eres patrimonio universal de miles de corazones aquí y al otro lado del charco.

Empecé a seguirte con aquel lejano Juez y Parte; me vengué de mi primer desamor dedicándole Princesa, y viajé demasiadas veces en un sucio tren que iba hacia el norte escuchando Rebajas de enero. Tiempos de mili. Allí entendí en toda su extensión Calle Melancolía y pasé noches en vela torturándome con Así estoy yo sin ti. Más tarde la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Conocí a mi propia Eva tomando el sol, con el adiós le dediqué Cuando aprieta el frío, y la rutina finalmente me atrapó.

Fueron tiempos de mi nube negra. Tan joven y tan viejo me abrió el alma de arriba abajo poniéndome un espejo delante, Vinagre y rosas para una vida que se deslizaba cada día más por el Boulevard de los sueños rotos.

Cuando el hombre del traje gris me reclamó, abrí la jaula a mi corazón escapando al otro lado del charco. Allí defraudé a mis amigos y sobre el banco de un parque dormí como un lirón. En Perú escuché por primera vez la canción más hermosa del mundo, la increíble Y sin embargo. No puedo oírla sin que se me ponga la piel de gallina.

Pasaron los años… fugaces como estrellas de Bagdag. Ahora como caliente, pago mis impuestos y tengo pasaporte, pero demasiadas veces pierdo el apetito y no puedo dormir. Entonces cierro los ojos y recuerdo con tristeza a mis Aves de paso, y a aquel amigo que quedó retratado magistralmente en Conductores suicidas, del cual nunca he vuelto a saber. A veces me acabo preguntando si no me han robado el mes de abril.

Mucho más adentro, allá donde se guardan las cosas que no pueden contarse, quedan canciones dedicadas a profundos ojos en los que me he reflejado, como Peor para el sol, Medias negras o A la orilla de la chimenea. Secretos que quedarán por siempre Donde habita el olvido, porque a fin de cuentas estamos ya más cerca de la Viuda de Cliquot que de Pájaros de Portugal, ahora que casi siempre Llueve sobre mojado.

Flaco… ¡No te mueras nunca!

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Antonio

La Isla de los Muertos

Durante un reciente viaje a Italia he tenido ocasión de visitar uno de los lugares más inquietantes y a la vez hermosos que recuerdo haber pisado. Se trata de San Michelle, la Isla cementerio de Venecia, también conocida como Isla de los Muertos.

Una de las peculiaridades de Venecia es la práctica imposibilidad de excavar varios metros sin encontrar agua, lo cual complicó durante siglos la labor de deshacerse de los cadáveres de una forma digna e higiénica. Los oficiales de Napoleón fueron conscientes de este problema y por eso ordenaron la construcción (a principios del siglo XIX) de un gran Camposanto en el islote de San Cristoforo Della Place, separado del de San Michelle por un estrecho canal. Para ello decidieron cegar esta separación y unir ambos formando una sola Isla. Aún con su gran tamaño, la superficie ha resultado insuficiente para los más de 90.000 cadáveres que se calculan enterrados, por lo que recientemente ha sido realizada una ampliación en el lado oriental de la isla.

 

Vista de la Isla de San Michelle desde Venecia

 La organización del camposanto es realmente compleja, e incluye una parte ortodoxa y otra protestante. También existen separaciones para monjas, sacerdotes, militares o víctimas de la guerra, que comparten espacio con dos preciosas iglesias: San Michelle in Isola y San Cristoforo. A ello se suman un número considerable de fabulosos sepulcros, algunos de personajes célebres como músicos, poetas o princesas rusas. Tal es su densidad que, a pesar de la señalización, aconsejan visitarlo con un mapa.

El resultado es una gran saturación de tumbas con un espacio mínimo entre ellas, conformando un paisaje muy  diferente al de otros cementerios.

 

En lo personal me llamó la atención el gran número de fotografías en las lápidas, y no me refiero solo a las tumbas modernas. Mientras en los cementerios españoles es una costumbre que se remonta a unas pocas décadas, en San Michelle hay cientos de retratos de personas nacidas a mediados del siglo XIX, lo cual resulta inusual y en cierto modo inquietante:

Son este tipo de lápidas las que más atrajeron mi atención. Su decadencia decimonónica, los sugerentes epitafios y un halo de romanticismo casi Becqueriano son un reclamo irresistible para el visitante. En el silencio de la isla y con los cipreses custodiando el olvido, uno se traslada a épocas pasadas entre tumbas como estas:

Son vidas resumidas en pocas palabras; lápidas donde hace mucho que no hay flores… historias olvidadas tal vez para siempre.

 

También hubo ocasión (aunque esté mal decirlo) para una sonrisa mientras paseaba entre las tumbas. Cosas del idioma.

 Sin embargo la mayor sorpresa de mi paseo por San Michelle aún estaba por llegar. En una sección un tanto apartada observé una estrecha puerta con un cartel que no dejaba lugar a interpretaciones: “NO PASAR”. Con el atrevimiento del extranjero miré a mi alrededor y vi que estaba solo, dudé, pero finalmente decidí que merecía la pena arriesgarse.

Pronto entendí qué ocultaba aquel lugar, aquello que los visitantes no debían ver… la parte más oscura de la Isla de los muertos. Lejos del decoro de las grandes lápidas y las organizadas filas de tumbas, se hallaba la zona más indigna e irrespetuosa de San Michelle, aquella que solo conocen los trabajadores del cementerio:

 Debido a un derrumbe parcial de la estructura quedaban al descubierto los viejos osarios, inmundos agujeros encharcados donde se apilan los cadáveres sobre el cieno. Bastaba agacharse para comprobar la enorme longitud de estas galerías, canalizadas para que la laguna de Venecia pueda atravesarlas durante las subidas.

No es el primer osario que he tenido ocasión de ver, pero me pareció especialmente indigno tratar los cadáveres como basura. Por los alrededores se hallaban esparcidos objetos como gafas, restos de ropa y fotografías, una muestra de descuido y poca humanidad que contrastaba con el cuidado impecable de la otra cara del Camposanto, la destinada a verse.

 

  Y esto es, en definitiva, San Michelle. Una isla cementerio que cada noche se cierra para quedar envuelta en su silencio, tan ajeno al bullicio de la cercana Venecia. Un lugar donde miles de fotografías observan al paseante, como recordándole aquellas palabras que una vez tuve ocasión de leer en una catacumba romana: “Donde tú estás yo estuve, donde yo estoy, tú estarás”.

  Antonio