Renacer en Finisterre

Hace poco tuve ocasión de visitar Finisterre, el mítico fin del mundo. Casi tanto como la grandeza del mar me sorprendió el recogimiento de varias personas ensimismadas al atardecer con la mirada perdida en el horizonte. La mayoría de ellos eran peregrinos que, al final del camino, dejaban allí una parte de sí mismos como un ritual antes de retomar su vida. Hace años también dejé mi pedacito de corazón en Buenos Aires al final de un largo viaje, por eso creí comprender lo que estaba pasando por sus cabezas.

Hay caminos que son metáforas de nuestra propia existencia, y cada piedra o cada persona que se nos cruza tienen su propio significado. De alguna forma es necesario morir para renacer, y por eso es tan simbólico que en Finisterre se dejen zapatillas, vieiras de peregrino o trocitos de cordones. Son reliquias de nosotros mismos; cosas que nos acompañaron en nuestro proceso de comprender que somos polen de mil flores, y que al abrir la ventana cada día, serán nuestros ojos los que decidan qué veremos.

Algo se queda en Finisterre cuando el mar atrapa tu mirada, y algo nace en ti cuando das la espalda al mar para volver a casa. El otro día antes de irme metí la mano en el bolsillo y dejé en el suelo un pequeño objeto. Simbolizó para mi el final de algo que prefiero no contar.

Hoy me siento ligero, pero tremendamente vacío.

Antonio

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