La Isla de los Muertos

Durante un reciente viaje a Italia he tenido ocasión de visitar uno de los lugares más inquietantes y a la vez hermosos que recuerdo haber pisado. Se trata de San Michelle, la Isla cementerio de Venecia, también conocida como Isla de los Muertos.

Una de las peculiaridades de Venecia es la práctica imposibilidad de excavar varios metros sin encontrar agua, lo cual complicó durante siglos la labor de deshacerse de los cadáveres de una forma digna e higiénica. Los oficiales de Napoleón fueron conscientes de este problema y por eso ordenaron la construcción (a principios del siglo XIX) de un gran Camposanto en el islote de San Cristoforo Della Place, separado del de San Michelle por un estrecho canal. Para ello decidieron cegar esta separación y unir ambos formando una sola Isla. Aún con su gran tamaño, la superficie ha resultado insuficiente para los más de 90.000 cadáveres que se calculan enterrados, por lo que recientemente ha sido realizada una ampliación en el lado oriental de la isla.

 

Vista de la Isla de San Michelle desde Venecia

 La organización del camposanto es realmente compleja, e incluye una parte ortodoxa y otra protestante. También existen separaciones para monjas, sacerdotes, militares o víctimas de la guerra, que comparten espacio con dos preciosas iglesias: San Michelle in Isola y San Cristoforo. A ello se suman un número considerable de fabulosos sepulcros, algunos de personajes célebres como músicos, poetas o princesas rusas. Tal es su densidad que, a pesar de la señalización, aconsejan visitarlo con un mapa.

El resultado es una gran saturación de tumbas con un espacio mínimo entre ellas, conformando un paisaje muy  diferente al de otros cementerios.

 

En lo personal me llamó la atención el gran número de fotografías en las lápidas, y no me refiero solo a las tumbas modernas. Mientras en los cementerios españoles es una costumbre que se remonta a unas pocas décadas, en San Michelle hay cientos de retratos de personas nacidas a mediados del siglo XIX, lo cual resulta inusual y en cierto modo inquietante:

Son este tipo de lápidas las que más atrajeron mi atención. Su decadencia decimonónica, los sugerentes epitafios y un halo de romanticismo casi Becqueriano son un reclamo irresistible para el visitante. En el silencio de la isla y con los cipreses custodiando el olvido, uno se traslada a épocas pasadas entre tumbas como estas:

Son vidas resumidas en pocas palabras; lápidas donde hace mucho que no hay flores… historias olvidadas tal vez para siempre.

 

También hubo ocasión (aunque esté mal decirlo) para una sonrisa mientras paseaba entre las tumbas. Cosas del idioma.

 Sin embargo la mayor sorpresa de mi paseo por San Michelle aún estaba por llegar. En una sección un tanto apartada observé una estrecha puerta con un cartel que no dejaba lugar a interpretaciones: “NO PASAR”. Con el atrevimiento del extranjero miré a mi alrededor y vi que estaba solo, dudé, pero finalmente decidí que merecía la pena arriesgarse.

Pronto entendí qué ocultaba aquel lugar, aquello que los visitantes no debían ver… la parte más oscura de la Isla de los muertos. Lejos del decoro de las grandes lápidas y las organizadas filas de tumbas, se hallaba la zona más indigna e irrespetuosa de San Michelle, aquella que solo conocen los trabajadores del cementerio:

 Debido a un derrumbe parcial de la estructura quedaban al descubierto los viejos osarios, inmundos agujeros encharcados donde se apilan los cadáveres sobre el cieno. Bastaba agacharse para comprobar la enorme longitud de estas galerías, canalizadas para que la laguna de Venecia pueda atravesarlas durante las subidas.

No es el primer osario que he tenido ocasión de ver, pero me pareció especialmente indigno tratar los cadáveres como basura. Por los alrededores se hallaban esparcidos objetos como gafas, restos de ropa y fotografías, una muestra de descuido y poca humanidad que contrastaba con el cuidado impecable de la otra cara del Camposanto, la destinada a verse.

 

  Y esto es, en definitiva, San Michelle. Una isla cementerio que cada noche se cierra para quedar envuelta en su silencio, tan ajeno al bullicio de la cercana Venecia. Un lugar donde miles de fotografías observan al paseante, como recordándole aquellas palabras que una vez tuve ocasión de leer en una catacumba romana: “Donde tú estás yo estuve, donde yo estoy, tú estarás”.

  Antonio

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