La memoria de un espejo

Estos días estoy leyendo un libro sobre la historia de la fotografía. Me ha parecido precioso saber que cuando comenzó a popularizarse en la primera mitad del siglo XIX, alguien la definió como “un espejo con memoria”.
Me ha venido a la cabeza aquel poema de Borges:

“Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro paredes de la alcoba hay un espejo, ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo que arma en el alba un sigiloso teatro…”

Sin llegar a la conocida obsesión del escritor argentino por los espejos, reconozco que desde que lo leí no pienso en otra cosa ¡Un espejo con memoria!

Cada vez que disparamos con la cámara no hacemos sino atrapar un reflejo fugaz, robarle la memoria a ese instante. También nuestras pupilas reflejan lo que vemos, y según el caso, lo almacenan en nuestro cerebro o en lo más profundo del corazón. En mi álbum de reflejos grabados a fuego hay atardeceres, sonrisas, cosas que quisiera olvidar… y demasiados fragmentos de ti. Pasan los años y ahí estás con tu piel radiante, con el absurdo recuerdo congelado de un rostro que jamás he vuelto a ver.
La memoria de los espejos, esa que se plasma luego en un papel o una pantalla, tiene una ventaja innegable con respecto a nuestras pupilas: podemos deshacernos de ella.

Antonio

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